El envejecido y la academia: notas humanistas desde la Universidad de Guanajuato
Dra. María de Jesús Jiménez González, directora de la División de Ciencias de la Salud e Ingenierías
Dr. Jonathan Alejandro Galindo Soto, director del Departamento de Enfermería Clínica. Universidad de Guanajuato Campus Celaya-Salvatierra
Hay una escena que se repite en distintos espacios universitarios: alguien de setenta y tantos años sostiene un lápiz frente a un cuestionario. Le preguntan si ha perdido el interés por hacer cosas, si duerme mal, si se siente inútil. Es un inventario de Beck, un Minimental o algo parecido. La mano tiembla un poco, a veces por problemas de articulaciones o sistema nervioso, pero a veces por el simple peso de que alguien con bata, filipina o simplemente un jovencillo con cara apesadumbrada, le esté preguntando por su estado de ánimo, con la severidad de quien está evaluando a alumnos en un examen de regularización. Esa escena condensa el problema que deseamos plantear: lo que hacemos cuando convertimos al envejecimiento en objeto de medición científica, y qué se nos escapa o qué ganamos cuando lo hacemos con cuidado (en palabra de enfermería).
Los que estamos en la Universidad de Guanajuato desarrollamos, desde hace tiempo, un conjunto de programas dirigidos a la salud y el bienestar de las personas mayores y el envejecimiento (que no es lo mismo) y continuamente discutimos y reconstruimos lo que intentamos desarrollar con la sociedad. Tenemos claro que conviene sospechar de cualquier discurso institucional que hable del envejecimiento como un problema técnico, como un conjunto de escalas que aplicar, un protocolo que seguir, una intervención que demuestre que nuestro modelo funciona. La geriatría y la gerontología nacieron, en parte, de ese gesto moderno de fragmentar al sujeto en variables medibles —capacidad funcional, riesgo cardiovascular, deterioro cognitivo— para poder intervenir sobre cada una. El gesto tiene su mérito, sin él no existiría el instrumento ICOPE de valoración de capacidad intrínseca, ni las baterías de desempeño físico, ni los inventarios de ansiedad y depresión que se utilizan en su programa Beetalmente. Este articula valoración con componentes de ejercicio aeróbico, anaeróbico, flexibilidad y autocuidado, integrando Psicología, Fisioterapia y Nutrición. Esto es relevante porque supone, al menos en el diseño, que la capacidad intrínseca de una persona mayor no es solamente muscular ni solamente afectiva, sino las dos cosas trenzadas. Habrá que verificar, con el tiempo y con evidencia propia publicada, si esa integración se sostiene en la práctica cotidiana.
Hay otra escena, menos clínica y más vivencial. Un grupo de estudiantes de Enfermería mediante el GREEFES, visita asilos y centros gerontológicos. No van a medir nada todavía; van, primero, a estar ahí. La universidad describe estas visitas como parte de investigación y servicio social, y es cierto, pero conviene no perder de vista lo que ocurre antes de que cualquier instrumento se aplique: un estudiante de veinte años entra a un espacio donde el tiempo se ha vuelto lento y a veces cruel, y tiene que aprender, con el cuerpo, algo que ningún syllabus enseña del todo: que la vejez institucionalizada no es un tema, es una situación. Kundera decía (más o menos) que la novela existe para decir lo que solo la novela puede decir sobre la condición humana. Algo parecido podría afirmarse de estas visitas: hay un conocimiento sobre el envejecimiento que solo se adquiere por contacto, por incomodidad, por el gesto torpe de no saber cómo dirigirse a alguien que ya no espera visitas. Que la Universidad de Guanajuato sostenga espacios formativos donde ese contacto ocurre —y no solamente laboratorios de medición— es más importante que cualquier indicador de acreditación.
De forma paralela, el Taller de Cuidadores de Adultos Mayores, en Univerciudad UG, agrega una dimensión que rara vez aparece en los discursos institucionales sobre envejecimiento: la del cuidador. El taller aborda motricidad, cognición, higiene, alimentación duelo, trascendencia y, explícitamente, el cuidado del cuidador. No es un detalle menor. La literatura gerontológica documenta, desde hace décadas, la carga del cuidador, de quien sostiene cotidianamente a una persona mayor dependiente; incorporar esa carga al programa formativo es reconocer que el envejecimiento no le ocurre solamente a quien envejece, sino a la red completa que lo rodea. Aquí no hay grandilocuencia posible: cuidar cansa, y cansa de un modo que casi nunca se cuantifica. Y por eso los profesores participan de forma honorífica en la impartición de esa capacitación continua a familiares y cuidadores de personas adultas mayores.
También los estudiantes hacen su parte en la CLUSI-UG, una clínica universitaria para población abierta que, mediante la atención supervisada de quienes estudian en los programas del área de salud, contribuyen a la recuperación de la salud de las personas que por múltiples causas se enfrentan a sufrimiento físico y psicológico. Hasta ahora, se convertido en un referente regional y ha mostrado que, con fundamentos científicos y una visión humanista, la Universidad puede ser un agente de bienestar social, más allá del desarrollo de competencias profesionales para quienes tienen la dicha de cursar estudios de nivel superior en sus aulas y laboratorios.
La implementación de estos programas tiene mucho que ver con los cuerpos académicos con los que cuenta la Universidad de Guanajuato. El Cuerpo Académico Consolidado UGTO-CA-164, en Celaya-Salvatierra, aparece como el núcleo más explícito en la línea de envejecimiento y salud, con un plan que busca articular investigación, docencia en Psicología Clínica, Enfermería, Nutrición y Fisioterapia, Foros geronto-geriátricos y un Simposio anual por el Día Mundial del Alzheimer. El UGTO-CA-209, en Irapuato-Salamanca, aparece asociado con mayor claridad al GREEFES. Hay por supuesto, otros cuerpos académicos dedicados a cronicidad, estilos de vida saludable o atenciones en salud, que se vinculan por convergencia temática, pero que igualmente construyen, cotidiana y continuamente, conocimiento y estrategias científicas que mejoran la vida de los habitantes de la región.
Menciono esta arquitectura administrativa no por afán burocrático, sino porque sostiene algo que suele olvidarse: ningún gesto humanista sobrevive mucho tiempo sin infraestructura. La ternura sin institución se agota; la institución sin ternura se vuelve trámite. Lo que estos programas intentan es sostener ambas cosas a la vez.
Obviamente, la Universidad de Guanajuato no resuelve todo lo necesario para el envejecimiento saludable de su región; ninguna universidad o institución resuelve nada tan grande como eso por sí sola. Pero es igualmente claro que existe una arquitectura seria, sostenida, de clínica, docencia, atención comunitaria, de investigación en posgrado, que no trata a la persona mayor únicamente como portadora de riesgos que administrar. El problema, al final, no es solo técnico; es también moral. Un instrumento de valoración bien aplicado puede coexistir con el olvido de la persona que responde el cuestionario, o puede ser, precisamente, la forma concreta en que esa persona es tomada en serio. La diferencia no está en el instrumento. Está en quién lo sostiene, y para qué.
